Publicado en Textos
Por Rocambole
Jueves, 19 de Noviembre del 2020

Ultimo Bondi a Finisterre

La propuesta era reflejar una especie de viaje cruzando la frontera que divide el pasado del futuro, como un intento de desafiar los límites espacio-temporales. Un viaje hacia eso que se nos representaba como el futuro: la ordalía tecnológica. Una sombría burla de las historicidades en general en la que, alógicamente, las vigilancias se repiten monótonamente, como en la peor pesadilla. Vamos y venimos, al pasado y al futuro, a través de la máquina del tiempo generada por el proceso de globalización, la telematización, más otros fenómenos culturales que han producido enormes cambios y distorsionado las formas de percepción de las comunidades de los diversos rincones del planeta. 


Se habló mucho, durante el trabajo de tapa, de buscar toda una estética relacionada con los modernos videogames en los que hoy, a diferencia de los primeros intentos, hay una profundidad espacial renacentista impresionante. Creo que hasta se podría hablar de una equivalencia entre el desarrollo de estos juegos y la historia de las artes visuales. 


Lo primero que pensé fue en construir una nave espacio-temporal para usar como envase. Algo así como un OVNI cuadrado y tecnológico que transportara a la banda a ese futuro tan temido. Con el entusiasmo inicial ubiqué un taller de electrónica cuyo dueño era un antiguo amigo fabricante de equipos de audio nacionales que dieron que hablar en su momento (FONUM). En su área de metalurgia cortamos y doblamos una chapa de aluminio que daría forma a un reluciente prototipo metálico con el que me dirigí a preocupar a mis compañeros de aventuras gráficas, los técnicos. El aparato debía contar, además, con una suerte de ojo de buey donde asomaran los viajeros del tiempo. Luego de interesantes deliberaciones convinimos en que el material original (aluminio) nos proporcionaría bastantes problemas de stock y producción en grandes cantidades. Había diversas alternativas de fraguar el aspecto metálico con cartulinas forrada pero en un primer momento ninguna convencía. Hasta que, por suerte, un envase de whisky que asistía a la reunión, nos iluminó y el aspecto metálico quedó resuelto con relieves que simulaban circuitos electrónicos. El ojo de buey -la ventana de la nave- se resolvió con una cúpula en blister transparente. La idea original proponía que todo el envase se abriera como una navaja. Ese detalle se logró por medio de un remache metálico. Para el librillo se trabajó casi todo con programas de modelado digital, imágenes que lo completaron como un audiogame futurista. Hice bocetos usando, en vivo, a los músicos como modelos, así que ellos también fueron modelados en 3D. Todo ese trabajo de imagen fue enseguida aprovechado para realizar un videoclip animado para la presentación del disco. 


No habría que advertirlo, pero todo el arte está plagado de acertijos, secretos, símbolos y guiños para expertos -y no tanto-, que acumulan sentido en la propuesta del disco.