Publicado en Textos
Por Miguel Cantilo
Jueves, 25 de Febrero del 2021

Ricardo Mono Cohen y La Cofradía de la Flor Solar

La primera vez que vi en acción a la Cofradía de la Flor Solar fue en un festival en un cine céntrico en el que tocaban varias bandas y cerraba Pappo. Corría el año 1970. Debo confesar que no me gustó el show. El sonido era áspero y caótico, no se distinguían las voces, en fin muy característico de aquella época. Después salía Pappo y sometía al público a improvisaciones interminables que dejaban roncando a la mayoría de una concurrencia en bajón de cannabis. Sin embargo poco tiempo después redescubrí a la Cofradía en una actuación de Barrock comenzando a entender más de qué se trataba. Incluía a Pinchevsky en el violín, toda una novedad y el sonido era más claro y contundente. 

Pero la verdadera comprensión del fenómeno cofrádico se me dio cuando compartimos cartel en el Teatro de la Comedia Marplatense en el verano de 1972. Allí se abrió para mí algo comparable a un álbum de ilustraciones o una película viva de hippies y rock n´ roll. Una especie de sistema galáctico de
personajes que orbitaban alrededor de un sol que los mantenía en danza circular. Ese sol era su mánager, sonidista, ideólogo, artesano, escenógrafo,
letrista y mentor: Ricardo “Mono” Cohen.

Un hombre que en ese entonces me parecía un enano extraído de una versión de Blancanieves, o un duende escapado de un libro de cuentos. Tal
vez lo que más acentuaba ese perfil eran sus rasgos germánicos, su nariz llamativamente respingada y la tonsura que coronaba su corte de cabello,
moderadamente largo para el contexto de melenas y colas de caballo. El Mono conducía aquella troupe con relajada simpatía pero mano firme. No
sólo, como señalé, operaba la mesa de sonido marca Fonum, de fabricación nacional, sino que también había diseñado un original método de proyección sobre pantalla de fondo para ambientar el escenario. La parte operativa de aquel ingenio la llevaba a cabo Isabel Vivanco, en esos momentos pareja de Kubero Díaz, el director musical del grupo. Las diapositivas en cuestión eran algo así como un sándwich de gotas de aceite coloreadas, emparedadas entre dos pequeñas placas de celuloide que, al recibir el haz de luz, proyectaban aumentadas sobre la pantalla imágenes aleatorias en permanente movimiento. Una verdadera y simple genialidad de bajo costo. Además el Mono controlaba las finanzas, el desorden de la clásica bohemia, la imagen publicitaria, en fin era un hombre orquesta fuera de la orquesta. Esta a su vez tenía dos formaciones, de modo que durante un recital Néstor Paúl se alternaba en el bajo con Morcy Requena, Zocne Lezcano en la batería con Manija Paz y Quique Gornatti con Kubero Díaz.
Todo este fenómeno en una época en que (contextualicemos) Palito le cantaba a “La felicidad ja, ja,ja ja” y a “La Chevecha” y Juan y Juan a Mar del Plata en alpargatas. Una época en la que las versiones en castellano de los covers más prestigiosos eran, por ejemplo, para “Twist y gritos” de los Beatles: “No hay nada, nada más lindo / que un twist”. O para la célebre “Tres monedas en la fuente”: “Esas moneditas / que hacen plín plín plín” –única versión autorizada.

Pueden ustedes imaginar lo subversiva que era la Cofradía de la Flor Solar en ese entorno cantando
“Hoy hay fiesta de amor en el cielo, sí
/ ¿puedes? ven conmigo / no le digas
nada a tu madre, no, / se confundirá.”

El Mono tenía la curiosa actitud de mantenerse sobrio entre los “mambeados”. No consumía y drogas ni alcohol y eso le otorgaba un carisma de superioridad que no siempre se le reconocía abiertamente, aunque se comentaba con respeto. La Cofradía, al menos en su staff de músicos tenía fama de experimentar con las habituales drogas en circulación. Pero por supuesto esa fama era magnificada y distorsionada por el idiotario social imperante hasta el punto que ilustra la siguiente anécdota. En cierta oportunidad Kubero, esperando para actuar detrás de un escenario bostezó de aburrimiento tan abiertamente que se le quedó trabada la mandíbula y no podía cerrar la boca. Era un caso que  se da cada tanto y sólo en un hospital un médico de guardia, con un sutil movimiento pudo reubicársela. Pero entre tanto, los que lo veían con la boca abierta en actitud desesperada, sin poder hablar
más que con señas, comentaban: “Tiene una pálida de ácido”. 

(fragmento del texto de Miguel Cantilo en el libro "Rocambole. Arte, Diseño, y Contracultura)